Poema para mi madre Andrea Andrea

Poema para mi madre Andrea Andrea Hay una foto tuya, mamá, guardada entre mis recuerdos. Una foto pequeña, de carnet, de esas que parecen simples, pero que sostienen el mundo entero.

Ingresas comprometida, como siempre, con tu falda de siempre, con los ojos cansados de tanto pelearle a la vida, pero con esa dignidad que nunca te pudieron quitar.

Cada vez que la miro vuelvo a aquella tarde de agosto, cuando el silencio entró a la casa y se llevó tu voz despacito, sin avisar, sin darme tiempo para detener el dolor con las manos.

Yo venía desde Moquegua mordiendo lágrimas en el camino, queriendo llegar antes que la muerte, queriendo darte un último abrazo, un beso final, una palabra que te hiciera quedarte.

Pero tú ya estabas cruzando la vereda de enfrente, donde esperan los que amamos cuando el cuerpo ya no puede más.

Y aun así, mamá grande, sigues aquí.

En la cocina vacía. En los huaynos que suenan lejos. En las historias de Pucará. En mi manera de mirar de frente. En mi terquedad para no rendirme.

Porque tú me enseñaste que la pobreza no dobla a quien nació con coraje. Que hay que trabajar en silencio, amar sin medida y levantarse incluso cuando el alma ya está cansada.

Hoy el Día de la Madre ya no tiene el mismo color. La gente abraza a sus madres y yo abrazo recuerdos.

Abrazo tu voz por teléfono pidiéndome calma. Abrazo tus consejos sencillos. Abrazo tu ausencia como quien abraza una herida que nunca termina de cerrar.

Y aquí estoy, mamá Andrea, hablándote bajito como si todavía pudieras escucharme.

Gracias por todo. Por la fuerza. Por el ejemplo. Por enseñarme a caminar derecho aunque la vida golpee duro.

Tu foto de carnet ya está gastada por el tiempo, pero tus ojos siguen vivos mirándome desde el recuerdo.

Y mientras yo respire, mamita linda, nadie podrá borrarte.
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Poema para mi madre Andrea Andrea
Hay una foto tuya, mamá, guardada entre mis recuerdos. Una foto pequeña, de carnet, de esas que parecen simples, pero que sostienen el mundo entero.

Ingresas comprometida, como siempre, con tu falda de siempre, con los ojos cansados de tanto pelearle a la vida, pero con esa dignidad que nunca te pudieron quitar.

Cada vez que la miro vuelvo a aquella tarde de agosto, cuando el silencio entró a la casa y se llevó tu voz despacito, sin avisar, sin darme tiempo para detener el dolor con las manos.

Yo venía desde Moquegua mordiendo lágrimas en el camino, queriendo llegar antes que la muerte, queriendo darte un último abrazo, un beso final, una palabra que te hiciera quedarte.

Pero tú ya estabas cruzando la vereda de enfrente, donde esperan los que amamos cuando el cuerpo ya no puede más.

Y aun así, mamá grande, sigues aquí.

En la cocina vacía. En los huaynos que suenan lejos. En las historias de Pucará. En mi manera de mirar de frente. En mi terquedad para no rendirme.

Porque tú me enseñaste que la pobreza no dobla a quien nació con coraje. Que hay que trabajar en silencio, amar sin medida y levantarse incluso cuando el alma ya está cansada.

Hoy el Día de la Madre ya no tiene el mismo color. La gente abraza a sus madres y yo abrazo recuerdos.

Abrazo tu voz por teléfono pidiéndome calma. Abrazo tus consejos sencillos. Abrazo tu ausencia como quien abraza una herida que nunca termina de cerrar.

Y aquí estoy, mamá Andrea, hablándote bajito como si todavía pudieras escucharme.

Gracias por todo. Por la fuerza. Por el ejemplo. Por enseñarme a caminar derecho aunque la vida golpee duro.

Tu foto de carnet ya está gastada por el tiempo, pero tus ojos siguen vivos mirándome desde el recuerdo.

Y mientras yo respire, mamita linda, nadie podrá borrarte.