

Entender la prevención únicamente como la construcción de infraestructura constituye una visión limitada de la gestión del riesgo. La verdadera prevención también involucra educación, cultura preventiva, fortalecimiento institucional, planificación responsable y participación activa de la ciudadanía. Cada estudio de riesgo elaborado, cada proyecto de reducción ejecutado, cada simulacro realizado y cada familia informada representan avances concretos hacia una Moquegua más segura y preparada.
Aprender de las lecciones dejadas por el sismo de 2001 continúa siendo una necesidad vigente. La experiencia demostró que los desastres no son consecuencia exclusiva de los fenómenos naturales, sino también del nivel de vulnerabilidad acumulado por la sociedad a lo largo del tiempo. Reducir esas condiciones de vulnerabilidad es la principal tarea para evitar futuras pérdidas humanas y materiales.
Renovar el compromiso con la gestión del riesgo de desastres debe ser una prioridad al cumplirse el vigésimo quinto aniversario de esta tragedia. La responsabilidad no recae únicamente en las instituciones públicas, sino también en los gobiernos regionales y locales, el sector privado, la academia y la ciudadanía organizada.


Convertir la prevención en una política permanente y no en una reacción posterior a las emergencias constituye el principal desafío para las próximas décadas. La memoria de quienes fueron afectados por el terremoto de 2001 debe impulsar acciones concretas que permitan construir una región y un país donde los fenómenos naturales sean inevitables, pero donde sus consecuencias puedan reducirse significativamente mediante una adecuada gestión del riesgo.
Reflexionar sobre estos veinticinco años debe motivarnos a fortalecer una cultura de prevención que garantice un futuro más seguro para las nuevas generaciones, consolidando una Moquegua resiliente, preparada y comprometida con la protección de la vida y el desarrollo sostenible.
Autor: Especialista en Gestión del Riesgo de Desastres (GRD).